Taubín, o cómo superar lo imposible

TN Walking Horse Rescue
Yo tendría, según charlas y recuerdos familiares, alrededor de 8 años. Taubín fue uno de mis caballos “maestros”, uno de los que más lecciones me enseñó durante mi niñez. Era muy alto, alazán dorado, de andar suave. Entrenada por mi padre, yo montaba y practicaba con Taubín para saltar recorridos de 80 cm en la categoría principiantes. Recuerdo que para el campeonato final de saltos que se realizaba en el Regimiento de Granaderos a Caballo, mi padre no tenía en ese momento su caballo, llamado Uranio, con el que saltaba, competía, y además tenía mucho éxito. Entonces decidió participar con mi caballo Taubín. Es un recuerdo que permanece imborrable para todos los que estuvimos presentes, no solo por lo que sucedió sino por la lección que nos legó.

Pruebas de potencia

Por aquellos años, hace más de 30 años, se realizaban en los clubes federados las llamadas “Pruebas de potencia”, competencias que tenían una especial emoción, ya que eran con las que se cerraban muchas veces los concursos. Consistían en una serie de vallas (inicialmente 8) iniciando en 1.40 m, y se iban subiendo de a 10 cm si se pasaban sin tirarlas. Eran una prueba de valentía, fuerza y entendimiento entre el jinete y su caballo, y un espectáculo lindísimo y emocionante para todo el público.

Una hazaña imposible

Pues en esa ocasión, cuando mi padre las realizó con Taubín, yo no podía creer lo que veía: mi caballo realizó la primera, la segunda, la tercera  y la cuarta pasada sin faltas…  ¡y seguían subiendo! Hasta que finalmente solo quedaron dos vallas, una triple y un muro, que por la altura más bien parecía una pared, de más de 2 metros de altura. Era un gran desafío para ambos, parecía imposible que fueran a lograrlo, pues Taubín solo competía conmigo en la categoría de principiantes.

Mi familia, el público en general y yo nos ubicamos en el lateral para poder ver la llegada y el salto, hazaña que yo no creía posible, ya que la última pasada era sobre ¡2,10 metros! La tensión y los nervios iban en aumento: a que falle, a que se caiga y se golpee… 

Pero, para mi sorpresa y la de todos los presentes, no solo lo pasaron juntos, sino que también sin faltas. Fue literalmente como saltar una pared: todavía los estoy viendo y me parece que fue un sueño.

Lecciones de vida

Hablando con mi padre muchos años después, le pregunté cómo habían logrado pasar semejante prueba, a pesar de que en aquella época Taubín  y yo siempre saltábamos los recorridos de principiantes. Mi padre era y es muy bueno con los caballos, tiene muy buen ojo clínico.  Me dijo que de montarlo para prepararlo unas semanas antes, se había dado cuenta de que el caballo era muy valiente y que era buenísimo saltando a mano izquierda (muchos caballos son zurdos por la posición en que se encuentran en el vientre). Pero además de este conocimiento, mi padre poseía una habilidad especial para lograr que los caballos saltaran impresionantes vallas en las pruebas: de alguna manera, él sacaba todo el potencial, el coraje y el corazón de ellos.

En el caso de Taubín, me dijo que había tenido que pedirle un pique (el momento de pisar y elevarse del suelo) amplio, porque al ser un caballo de gran altura, no podía pedirle un pique para que “trepara” hacia arriba. Y que literalmente él sintió que estaban volando juntos por los aires, y que nunca había saltado tan alto con otros caballos.

Como cierre y lección, creo que mi padre era y es no solo un excelente entrenador y maestro de equitación sino que fue un gran coach de sus caballos: con él lograban hacer cosas increíbles, con total naturalidad sacaba lo mejor de ellos. Y de eso se tratan los desafíos: de descubrir el potencial oculto en cada uno, encauzarlo y entonces, saltar enormes paredes con la liviandad y la libertad de un ave, con la potencia y la seguridad de un caballo.   

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